Devocionales

12 DEVO
Iglesia Bautista la Serena, Devocionales

El Hijo de Dios suspira por mí

Luego, mirando al cielo, suspiró profundamente y le dijo: «¡Efatá !» (que significa: ¡Ábrete!) –MARCOS 7:34 Tal vez tartamudeaba. Quizá hablaba con un impedimento. Puede ser que. a causa de su sordera, nunca aprendió a articular bien las palabras..

Jesús no quiso sacarle partido a la ocasión y tomó al hombre aparte de la gente. Lo miró directo a los ojos. Sabiendo que era inútil hablar, explicó con gestos lo que iba a hacer. Escupió y tocó la lengua del hombre, diciéndole que su impedimento para hablar, sin importar lo que fuera, iba a ser quitado. Luego le tocó los oídos, que por primera vez estaban a punto de oír. Pero antes que el hombre dijera una palabra y oyera un sonido. Jesús hizo algo que yo jamás habría imaginado. Gimió.

Nunca se me ocurrió pensar que Dios pudiera dar un suspiro. Pienso en Él como alguien que da órdenes. Es el Dios que resucitó muertos con una orden y creó el universo con una palabra... pero ¿un Dios que suspira?

Cuando Jesús miró a los ojos de aquella víctima de Satanás, la única reacción que tuvo fue suspirar. «Nunca debió ser así», fue el significado de aquel suspiro. «Tus oídos no fueron hechos para la sordera; tu lengua no fue hecha para la tartamudez ». El desorden de la creación consternó al Maestro.

Nuestra esperanza radica en la agonía de Jesús. Si él no hubiera gemido, seguiríamos en una condición funesta. Si se hubiera resignado considerándolo algo inevitable o se hubiera lavado las manos respecto de todo el asunto, ¿qué esperanza nos quedaría? Pero esa no fue su reacción. El suspiro santo nos asegura que Dios todavía gime por su pueblo. Él gime por la llegada de aquel día en que todos los suspiros cesarán, cuando todo será como debió ser en un principio.